

Jairo Mendoza.
La verdad es que nos hemos acostumbrado a la división diaria. Nos han enseñado a ver la realidad en blanco y negro, sin matices, como si diferir con el de enfrente fuera una debilidad o traición a nuestras propias ideas.
Es curioso ver cómo cambiamos los mexicanos cuando juega la selección mexicana de futbol en un Mundial. Durante noventa minutos, frente a la televisión o en el estadio, se nos olvidan las diferencias. No importa cuánto ganas, en qué colonia vives, dónde estudiaste, ni por qué partido votaste en las últimas elecciones; el que está al lado comparte tu misma alegría o frustración. En ese momento, nos ponemos la misma camiseta verde, gritamos el mismo gol y nos abrazamos como si fuéramos hermanos. Por un instante, el país se convierte en uno solo.
El problema viene cuando el árbitro pita el final del partido. Ahí se acaba el encanto y regresamos a la realidad. Volvemos a lo material: a pelearnos en las redes sociales, a discutir en la mesa familiar (principalmente por política) y a ver a quien piensa distinto como si fuera un enemigo. Es una contradicción enorme. ¿Por qué es tan fácil ponernos de acuerdo para apoyar a un equipo, pero nos cuesta tanto trabajo hacer equipo para las cosas verdaderamente importantes del país?
La verdad es que nos hemos acostumbrado a la división diaria. Nos han enseñado a ver la realidad en blanco y negro, sin matices, como si diferir con el de enfrente fuera una debilidad o traición a nuestras propias ideas. Nos encanta etiquetarnos y encasillarnos. Sin embargo, mientras nos desgastamos en peleas que no llevan a nada, los problemas de siempre siguen ahí, creciendo y afectándonos a todos por igual, sin distinguir ideologías o códigos postales.
Al final del día, la globalización, la inflación y los precios altos no perdonan bolsillos según el partido de tu preferencia, ni la inseguridad distingue ideologías en una familia o una comunidad. Los problemas reales no tienen colores políticos ni respetan militancias; nos pegan a todos. Para salir adelante no necesitamos pensar exactamente igual, ni aspirar a una falsa unanimidad; la diversidad de opiniones es buena, sana y muy necesaria para cualquier democracia, incluso, hasta partidista; necesitamos aprender a escucharnos, a respetarnos y a crecer con nuestras diferencias.
Ningún gobierno, sin importar sus buenas intenciones, ni ningún partido político por sí solo puede resolver los desafíos de México. Si somos capaces de unirnos, saltar de emoción y celebrar con un completo desconocido por un gol efímero, también deberíamos ser capaces de sentarnos a platicar con quien piensa diferente para construir soluciones comunes. El verdadero futuro de México no se decide en un partido de futbol; se juega en nuestra capacidad de recordar, todos los días del año, que compartimos el mismo país y el mismo destino.
@jairomendoza