

Juan Carlos Ramos León.
Sí puede considerarse es que ha sido tan gris y sombría la realidad a la que nos hemos visto sometidos como pueblo en estos tiempos que cualquier pequeña alegría que la vida nos regale la celebramos a lo grande.
A todos los mexicanos nos han llenado de alegría los resultados logrados hasta el momento por la Selección Nacional de Fútbol. Sin duda. Muchos han comentado que ni siquiera han sido resultados con la contundencia necesaria para aspirar a salir victoriosos al enfrentar a las grandes potencias futbolísticas que encontraremos en las eliminatorias, pero el caso es que a pocos nos ha importado reparar en ello, vamos bien hasta ahora y lo celebramos. Lo que, desde mi punto de vista, sí puede considerarse es que ha sido tan gris y sombría la realidad a la que nos hemos visto sometidos como pueblo en estos tiempos que cualquier pequeña alegría que la vida nos regale la celebramos a lo grande, cual si del acontecimiento del siglo se tratase. Y, lógicamente, cada nueva victoria hace crecer la euforia.
Después del triunfo de México sobre la selección de Corea, juego que disfruté en compañía de mi familia, fui de los que salió en vehículo a las calles a ondear la bandera de México y sonar el claxon junto con otros que hicieron lo mismo. Quería que mis hijos menores vivieran y disfrutaran al igual que yo tuve la oportunidad de hacerlo en el pasado. Que se sintieran orgullosos de ser mexicanos y que fluyera por sus propias venas la alegría y “buena vibra” que fluía por la de otros mexicanos, sus paisanos.
Lamentablemente estos festejos se han visto manchados por un par de acontecimientos en los que el exceso, la falta de respeto a los demás y la intolerancia, han hecho presencia y han cobrado factura. Ya en la multitud -en “la bola”, como luego se dice- se pierde la compostura y se vuelve fácil caer en todo tipo de excesos y a muchos se les olvida el respeto a la persona y propiedad ajenas. Y todo tiene consecuencias: en Cabo San Lucas un conductor atropelló a varias personas y, aquí, en Zacatecas, un cobarde terminó por golpear en el rostro a una mujer que trató de salir de en medio de una celebración en la que por poco ocurre lo mismo que en Los Cabos. En ambos casos se observa un factor común: la multitud detuvo al vehículo, algunos se subieron al cofre y comenzaron a sacudirlo y golpearlo. Cualquier conductor se pondría nervioso y molesto. No hay necesidad de eso. Ni de ir a tomar a quien no es parte de la celebración para cargarlo y aventarlo, o hacer burlas sobre su persona. “El que se ríe, se lleva”, dicen por ahí, y eso es otra cosa, pero aun así hay reglas.
Nos falta madurez como pueblo. Seguimos demostrando que no hemos aprendido nociones básicas sobre, ya lo hemos dicho, el respeto, la tolerancia y la cordialidad. Y, mientras esto siga así, resulta lógico entender el por qué esa realidad gris y sombría difícilmente se alejará de nosotros.