

A pesar de que en nuestra vida actual nunca como antes habíamos tenido acceso a tantísima información; al mismo tiempo nunca había sido tan difícil en quien creer.
Existen palabras cuyo significado nos parece tan evidente que casi nunca nos detenemos a pensar su valor y las utilizamos indiscriminadamente. “Confianza” es una de esas. La utilizamos con plena naturalidad para hacer referencia a una amistad, a un médico, a una institución bancaria, a un gobierno o a una empresa. Sin embargo, en muy pocas ocasiones entendemos que la confianza representa el verdadero cimiento de toda sociedad. Sin la confianza, las instituciones pierden legitimidad, los acuerdos se vuelven demasiado frágiles, la economía se encarece y la convivencia social se llena de sospechas.
A pesar de que en nuestra vida actual nunca como antes habíamos tenido acceso a tantísima información; al mismo tiempo nunca había sido tan difícil en quien creer. Hoy día se multiplican voces, versiones y opiniones en las redes sociales. Contenidos mucho más convincentes se producen con la inteligencia artificial. Los rumores alcanzan un viaje mucho más rápido que las evidencias. En este contexto, la confianza se ha convertido en uno de los bienes más valiosos y al mismo tiempo mucho más escasos.
Y resulta que la confianza no ocurre gracias a un gran discurso ni a una campaña publicitaria. La confianza más bien es el resultado de una permanente suma de acciones congruentes. Se construye con gran lentitud y se puede perder en cuestión de segundos. Al igual que el prestigio, tarda años en consolidarse y apenas un breve instante para derrumbarse.
La historia de la humanidad nos demuestra que las sociedades con mayor prosperidad no únicamente son las que tienen grandes inversiones o muchos recursos naturales. También son aquellas sociedades donde existe un elevado nivel de confianza entre instituciones, empresas y ciudadanos. Cuando las personas confían en que se respetarán las reglas, entonces encuentran mayor disposición para invertir, innovar, emprender y colaborar. Si sucede lo contrario, predomina la desconfianza y entonces aparecen los costos ocultos: más contratos, más vigilancia, más trámites, más litigios y menos cooperación.
Sin duda que en México conocemos más que bien esa realidad. La desconfianza ha llegado a convertirse en un hábito que se practica a diario. Dudamos de los políticos, porque en demasiadas ocasiones sus promesas no coinciden con sus resultados. Desconfiamos de las autoridades porque percibimos un alto índice de impunidad. Sospechamos bastante de la información que circula en redes sociales porque con facilidad se puede diseñar y compartir una nota falsa. Al grado de que, en ocasiones, desconfiamos de nosotros mismos.
Esa desconfianza tiene consecuencias muy profundas.; dado que finalmente la confianza es una inversión colectiva. Cada acto de integridad trae como consecuencia un pequeño rendimiento social que es de gran beneficio para todos. Y como todo capital valioso, la confianza puede acumularse o disolverse, La decisión aún sigue estando en nuestras manos.