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Opinión

A los gruñones

A los gruñones

Contra lo que muchos suponen, la simpatía no va necesariamente acompañada de sonrisas.

Simitrio Quezada
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8 de enero 2026

La palabra simpatía está compuesta por el prefijo griego “syn” (unión, convergencia) y “pathos”, afección, experiencia. Más que mera sincronía o coexistencia, la simpatía implica la convivencia o puesta en práctica de sentires, claro que semejantes. Por esto resulta difícil concebir la comunicación sin la presencia de un punto de identificación, semejanza o sinergia.

Contra lo que muchos suponen, la simpatía no va necesariamente acompañada de sonrisas. Y es que generalmente alguien dice “simpático” y varias personas imaginan a un sonriente o un payaso. Con todo, he sabido apreciar a gente seria que trabaja o convive en perfecta coordinación; incluso asintiendo a cada comentario que emiten ellos u otros.

Por una enorme generosidad de la vida, algunos gruñones han sido mis maestros durante diversas etapas. Han obrado en mí proezas y, lo mejor, me han empujado a lograr las mías.

Con el tiempo, aprendí a no esperar aprobación de las personas gruñonas. Aprendí a trabajar y a exprimir todo el potencial en mí, hasta exprimir la última gota. Aprendí a estar solo, aun acompañado por ellos.

Admiro a muchos gruñones yo, quien suelo sonreír por el simple gusto de hacerlo. Admiro su coherencia, su integridad, su mal genio, incluso sus ganas de que no estén jorobándolos. Les sonrío también a ellos nomás para refrendarles que soy así, así me acepto y así los acepto: admiro y agradezco a ellos.

Ahora alabo, pues, a las personas gruñonas e introvertidas. Alabo sus misterios, sus dudas frente a la supuesta obligatoriedad de estar bien con todos. Alabo su desprecio al qué dirán, su descreimiento ante la exaltación gratuita. Alabo sobre todo cuando se atreven a descubrir su desacuerdo con (e incluso desprecio hacia) los siempre optimistas, esa plaga amenazante.

Claro que me lo he preguntado: ¿no será que los gruñones esconden un alma tierna o tristona, una materia interior tan sensible como vulnerable? ¿No será que, bajo tantas capas de gruñidos y ogritud, hay todavía un niño que busca ese mundo mejor para sí y los suyos?

Que vivan más los gruñones: que vivan los refunfuños, los gruñidos y las aparentes indiferencias. Que vivan más los gruñones: que sus ceños y jetas sigan mostrándose, que sus exigencias sigan ondeando, que muestren su insatisfacción ante aquello que no se desarrolla con todo su potencial.

Que vivan más los gruñones: que sigan siendo maravilla en el cuadro diverso de la grata cotidianidad que, entre todos, construimos.

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