

Saúl Monreal Ávila, docente de la Unidad Académica de Derecho de la UAZ.
Desde hace tiempo, hemos visto que numerosas voces dentro del movimiento han insistido en la necesidad de que la dirigencia estatal actúe como un factor de equilibrio, respeto y unidad.
¿Alguien recuerda el comercial de finales de los ochentas?, donde decía la señora: Se los dije. Bueno, pues a medida que se acerca el inicio de los registros para el proceso interno de Morena, resulta inevitable reflexionar sobre el papel que debe desempeñar la dirigencia estatal en un momento que exige madurez política, apertura y capacidad para construir acuerdos, ningún partido puede aspirar a mantenerse fuerte y competitivo si quienes tienen la responsabilidad de conducirlo optan por privilegiar intereses de grupo por encima del interés colectivo.
Desde hace tiempo, hemos visto que numerosas voces dentro del movimiento han insistido en la necesidad de que la dirigencia estatal actúe como un factor de equilibrio, respeto y unidad, esa debería ser su función principal, la de garantizar condiciones de participación para todos los actores políticos, escuchar a las distintas expresiones internas y generar consensos que fortalezcan la vida partidista; sin embargo, ha ocurrido exactamente lo contrario.
Cuando una dirigencia se dedica más a confrontar que a conciliar, más a excluir que a integrar y más a generar diferencias que a resolverlas, termina debilitando al propio partido, la política no se construye a partir de intentos por minimizar a quienes piensan distinto dentro de un mismo proyecto. Por el contrario, los movimientos exitosos son aquellos que entienden que su fortaleza radica precisamente en la diversidad de liderazgos, regiones, sectores y corrientes que los conforman.
Lo preocupante es que, en lugar de fortalecer la cohesión interna, a estas alturas, seguimos viendo una burda estrategia orientada para desacreditar o reducir la participación de determinados aspirantes, grupos o expresiones políticas. Esta visión tan torpe afecta a quienes son objeto de esas acciones; pero en primer lugar afecta a quienes las llevan a cabo, pues nunca logran hacerse de un liderazgo real, aunque eso es intrascendente, lo peor es que termina dañando al movimiento.
De cara a los próximos meses, Morena tiene una oportunidad importante para corregir el rumbo, el proceso interno que está por comenzar debe convertirse en un ejercicio ejemplar de inclusión, diálogo y respeto, todavía no hay definiciones finales ni decisiones irreversibles, lo que viene es una etapa en la que la participación de todos será fundamental para construir las mejores condiciones rumbo a la elección de 2027.
La dirigencia estatal debe comprender que su responsabilidad no consiste en impulsar proyectos grupales ni ser el palero oficial de nadie, los tiempos de dirigentes mascota han terminado, al menos en morena así debe ser. Su obligación es garantizar piso parejo, reglas claras y respeto para todos. Si no puede cumplir con esa tarea elemental, entonces será legítimo que la militancia cuestione su capacidad para conducir una etapa tan importante para el futuro de Morena en Zacatecas, porque liderazgo ya vimos que no tienen.