

Zaira Ivonne Villagrana Escareño.
Después de muchos años frente a un salón de clases, aprendí que las y los niños no siempre expresan el dolor con palabras.
Zaira Ivonne Villagrana Escareño
Una niña de once años tendría que estar preocupada por descubrir un libro, jugar con sus amigas o imaginar quién quiere ser cuando crezca. Nunca por sobrevivir a la violencia. Sin embargo, lo ocurrido en Tabasco, Zacatecas, nos recuerda que aún tenemos una deuda con quienes deberían crecer rodeados de cuidado y esperanza.
Después de muchos años frente a un salón de clases, aprendí que las y los niños no siempre expresan el dolor con palabras. A veces lo esconden detrás de una sonrisa, de un silencio o de una mirada que pide ayuda sin saber cómo hacerlo. Como madre y como mujer, sé que ninguna noticia como esta puede leerse sin que algo dentro de nosotros se estremezca.
Quizá el problema no sea solamente la violencia que vemos. Quizá también sea el cuidado que hemos dejado de ofrecer, la comunidad que hemos dejado de construir y la capacidad de mirar al otro o a la otra con verdadera empatía.
La noticia duele. Mucho.
Porque no habla únicamente de una niña. Habla de la sociedad que estamos construyendo y del futuro que estamos dejando a quienes apenas comienzan a vivir.
Este caso exige justicia para la víctima, acompañamiento para su familia y una investigación que esté a la altura del dolor que hoy conmueve a Zacatecas. Pero también nos obliga a hacernos una pregunta más profunda: ¿qué estamos haciendo, desde nuestras familias, nuestras escuelas y nuestras comunidades, para que nuestras niñas y nuestros niños vuelvan a confiar en el mundo?
Quiero creer que todavía estamos a tiempo de recuperar algo esencial: la capacidad de cuidar la infancia con la misma convicción con la que protegemos aquello que más amamos. Tal vez todas y todos recordamos a una maestra, a un vecino o a un adulto que alguna vez nos hizo sentir seguros. Hoy nos toca ser esa persona para alguien más.
Siempre he creído que construir un mejor Zacatecas comienza en los gestos más sencillos: cuando una niña puede volver a casa sin miedo, cuando una escuela se convierte en un refugio de confianza y cuando una comunidad decide que ninguna señal de violencia sea ignorada.
La grandeza de una sociedad no se mide por el tamaño de sus obras, sino por la manera en que cuida a quienes representan su futuro. Porque construir también es cuidar. Cuidar una vida, una infancia y la esperanza de quienes vienen detrás de nosotros.
Ojalá llegue el día en que nuestras niñas y nuestros niños vuelvan a ser noticia únicamente por sus sueños, sus talentos y la esperanza que representan. Ese será el día en que podamos decir que comenzamos a construir el Zacatecas que todas y todos merecemos.