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Opinión

Optar por la vida

Optar por la vida

La criatura humana nace, sale del vientre y comienza a aferrarse a la vida a fuerza de bocanadas.

Simitrio Quezada
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15 de enero 2026

La decisión más grande, dijo alguna vez un pensador, es la de optar por la vida. De hecho, nuestra libertad llega tan amplia, que en cualquier día una persona puede renunciar a seguir viviendo y cometer suicidio.

La criatura humana nace, sale del vientre y comienza a aferrarse a la vida a fuerza de bocanadas. El primer golpe que recibe, literal golpe, tiene como objetivo impulsarlo a estrenar sus pulmones y su nariz. El neonato aprieta sus manitas, llora, se obliga a adaptarse a una nueva realidad.

Después mama, lo que implica que esa criatura continúe manteniendo contacto con su hogar anterior: su madre. La criatura mama, lo que implica también que ella se separe gradualmente del hogar anterior.

La criatura opta por la vida, se aferra a ella. Corrijo: Opta por la vida y por eso se aferra a ella. Luego aprende para crecer. Aprende para adaptarse mejor. Aprende para sobrevivir mejor.

La criatura ha transitado por la niñez y después la adolescencia. Los golpes continúan, las experiencias, los aprendizajes. Si logra ser sabia, encontrará profundidad tras la caída. Profundidad y no sólo oscuridad.

Si logra ser sabia, la criatura sopesará cada momento y sentirá tranquilidad. Es decir que sopesará cada situación y buscará una conformidad. Algunas veces la conseguirá. Otras veces, la adversidad la marcará. Para bien o mal, eso depende de ella; de cómo reaccione.

Toda criatura, no sólo quienes somos humanos, es agonista. Agoné, palabra griega, significa lucha.

Los años se van como lo hacen las oportunidades: sin voltear a ver si uno supo o no sacarles provecho. La madurez no siempre implica sabiduría. Los cansancios aumentan, los afanes comienzan a desencantarse.

“Yo no quiero llegar a viejo”. “Si un día llego a estar así de indefenso y débil, en ese momento me matan”. Escucho frases de tal calibre en conocidos cuando topan con ancianos lastimeros. En contraste, he visto en sus camas a seniles que se aferran a la vida, que optan por ella en cada resuello, cada aspiración.

He visto camas de hospital donde yacen ansias y horrores, donde el sufrimiento ya no importa con tal de que regrese la salud. Veo sábanas sucias, bolsas con orines más que naranjas, desnudeces tan cubiertas de miseria que a final de cuentas no sorprenden. He visto contenedores de sueros y gotas cuya caída pueden desesperar al más santo.

He visto a enfermos con bocas abiertas, ojos perdidos, desmayos constantes. He visto a enfermeros entrar a cambiar ropa de cama, pañales y batas. Agujas entran y salen, perdidas gotas de sangre se muestran por las minúsculas mangueras transparentes.

Y lo más maravilloso: hasta las criaturas más inconscientes optan por la vida, se aferran a ella. He guardado silencio entonces, he preferido ser mudo ante un acto para mí tan sagrado.

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