

Raúl Muñoz Del Cojo.
Si la inseguridad es el enemigo visible, el deterioro de nuestras carreteras es otro cómplice silencioso que nadie quiere reconocer.
A días de que comience una de nuestras temporadas vacacionales más importantes, le hablaré de un tema que para los hoteleros del interior del país es pan de cada día, pero desafortunadamente rara vez aparece en los titulares o en los discursos oficiales del sector. Me refiero al turismo carretero, esa modalidad de viaje que durante décadas fue el motor económico más importante de los destinos del centro de México y que hoy enfrenta una crisis silenciosa pero devastadora.
Permítame empezar con un dato que muchos desconocen: 7.5 de cada 10 turistas que llegan a un hotel en México son mexicanos. Eso significa que el turismo nacional es, de lejos, el pilar más sólido de nuestra industria. Y la gran mayoría de esos turistas mexicanos no llega en avión: llega en automóvil, por carretera, con la familia, con las maletas en la cajuela y el itinerario trazado sobre un mapa.
Para los estados del centro y norte del país, ese viajero es literalmente el oxígeno del sector. Zacatecas, San Luis Potosí, Aguascalientes, Guanajuato, Querétaro, Hidalgo, Puebla y Tlaxcala no tienen playa ni aeropuertos de conexión internacional masiva: su turismo depende de la carretera. Pero la afectación no se limita al centro. Destinos del norte como Monterrey y Nuevo Laredo resienten con igual o mayor intensidad el impacto de la inseguridad carretera. Monterrey, que debería ser un imán natural de turismo de negocios y de fin de semana desde el resto del país, ve cómo la percepción de riesgo en las carreteras que la conectan con el centro desalienta al visitante potencial. Y Nuevo Laredo, puerta de entrada del turismo fronterizo que históricamente llegaba en automóvil desde Texas, ha visto menguar ese flujo ante una inseguridad que no distingue entre carga y pasajeros. El visitante que llega en fin de semana, que se hospeda, que desayuna, que compra artesanías y llena el tanque antes de regresar, es quien sostiene la ocupación hotelera y el comercio local. Sin ese viajero carretero, la economía turística del centro y norte de México simplemente no funciona.
Y aquí es donde la realidad se vuelve incómoda. El 66% de los mexicanos considera que las carreteras son muy o algo peligrosas, y el 43.4% cree que son más peligrosas que hace un año. Esa percepción no es capricho: está respaldada por hechos concretos y cotidianos.
Las carreteras más peligrosas del país incluyen rutas que son arterias vitales del turismo: México-Querétaro, México-Toluca, México-Cuernavaca, Puebla-Córdoba, México-Pachuca, Morelia-Uruapan, Aguascalientes-Guadalajara y Monterrey-Nuevo Laredo. Son exactamente las mismas rutas que recorre la familia mexicana cuando va a visitar una ciudad colonial, un Pueblo Mágico o a ver a sus parientes. Las pérdidas económicas por inseguridad carretera superan los 7,000 millones de pesos anuales, y eso sin contar el daño invisible: el turista que decidió no salir, el hotel que quedó vacío, el restaurante que no tuvo clientes ese fin de semana porque la familia prefirió quedarse en casa antes que arriesgarse en la carretera.
El 86% de los robos en carreteras se cometen con violencia y con armas de fuego. Falsos retenes, bloqueos coordinados, vehículos clonados que simulan ser policías. Nadie que haya vivido o escuchado uno de esos episodios vuelve a manejar con la misma tranquilidad. Y el turista que pierde esa tranquilidad simplemente deja de viajar por carretera.
Si la inseguridad es el enemigo visible, el deterioro de nuestras carreteras es otro cómplice silencioso que nadie quiere reconocer. Y aquí hay que ser muy claros sobre el origen del problema, porque el no tener memoria no nos ayuda a resolverlo.
Durante el sexenio anterior, el gobierno federal tomó una decisión que hoy estamos pagando muy cara: privilegiar megaobras de alto perfil político, como el Tren Maya, el AIFA y la refinería de Dos Bocas, a costa de la inversión en mantenimiento y modernización de la red carretera federal existente. Mientras esos proyectos absorbían presupuestos históricos con resultados muy por debajo de lo prometido, miles de kilómetros de carreteras federales que conectan al México del centro y del norte fueron quedando sin mantenimiento, con baches que destrozan vehículos, señalética obsoleta y tramos que llevan años esperando una rehabilitación que nunca llegó. No fue descuido: fue una decisión presupuestal deliberada que sacrificó la infraestructura que usa el mexicano común en favor de obras que el gobierno quería como legado.
El resultado lo vivimos hoy. El gobierno actual heredó una red carretera envejecida y presentó un Plan Carretero 2025-2030 que contempla modernizar más de 4,300 kilómetros y construir aproximadamente 2,978 kilómetros nuevos. Son cifras ambiciosas sobre el papel, pero la velocidad de ejecución histórica de este tipo de proyectos en México invita a la cautela, y el daño acumulado de seis años de nula inversión no se repara en uno ni en dos.
Para el turista carretero, un viaje con baches, sin señalización clara y con el miedo encima no es una experiencia que quiera repetir. Y en el turismo, la experiencia es todo.
La respuesta honesta es que el camino es largo. Reconstruir la confianza del turista carretero requiere tres condiciones simultáneas que hoy no están dadas: carreteras en buen estado, seguridad real y sostenida, y una estrategia de promoción creíble.
Los especialistas coinciden en que revertir la percepción de inseguridad tarda el doble de lo que tardó en construirse. Si llevamos más de una década con carreteras percibidas como peligrosas y deterioradas, recuperar la confianza del viajero requerirá entre cinco y diez años de resultados consistentes y verificables. No de discursos ni estadísticas oficiales que no coinciden con lo que la gente vive en la carretera, sino de familias que viajen y lleguen sin incidentes, fin tras fin de semana a los destinos de nuestro país.
Mientras eso no ocurra, los hoteles del centro y norte del país seguiremos sintiendo en la ocupación el peso de una carretera que primero fue abandonada por quien debía cuidarla. Esa es una deuda que no aparece en ningún balance, pero que los hoteleros del interior contamos cada lunes al revisar la ocupación del fin de semana.
Hasta la próxima.