

Jaime Santoyo Castro.
La historia política demuestra que los dictadores rara vez caen por una súbita conversión democrática.
La intervención de Trump en Venezuela no se trata de una confrontación entre democracia y dictadura, sino entre dos formas distintas de ejercer el poder sin concesiones.
La historia política demuestra que los dictadores rara vez caen por una súbita conversión democrática. Generalmente son desplazados por fuerzas más duras que ellos mismos: guerras, golpes de Estado o la presión implacable de otro poder autoritario superior. En ese sentido, el poder absoluto no suele ser derrotado por ideales, sino por una fuerza mayor que lo somete, lo neutraliza o lo redefine.
El caso venezolano ilustra con crudeza esta lógica. Durante años, el régimen de Nicolás Maduro ha resistido protestas internas, condenas internacionales, sanciones económicas y el deterioro social más profundo de la región. Nada de eso ha sido suficiente para desarticular el núcleo del poder. Sin embargo, hubo un momento en que la presión externa adquirió un rostro distinto: no el de la diplomacia multilateral, sino el de un liderazgo fuerte, personalista y confrontacional, encarnado por Donald Trump.
Trump no es, ni ha pretendido ser, un paladín clásico de la democracia liberal. Su estilo político, marcado por el nacionalismo, la descalificación del adversario y el uso del poder sin demasiados matices institucionales, lo acercó más a la lógica del “grandulón más fuerte” que a la del estadista tradicional. Y, paradójicamente, fue precisamente esa lógica la que puso contra las cuerdas a otros liderazgos autoritarios en el continente.
La relación entre Trump y Maduro puede leerse como un choque de voluntades autoritarias. De un lado, un régimen que se sostiene mediante el control militar, la cooptación institucional, el empobrecimiento de su población, la represión selectiva y la supresión de la volunta popular. Del otro, un presidente estadounidense dispuesto a utilizar sanciones asfixiantes, amenazas directas y aislamiento internacional sin demasiada paciencia diplomática. No estamos presenciando una confrontación derivada de una divergenia ideológica, ni una lucha por la democracia; sino una abierta disputa por el poder y los recursos económicos.
Esto abre una reflexión incómoda: ¿puede un dictador ser contenido o debilitado solo por otro dictador más poderoso? La experiencia histórica sugiere que, en muchos casos, sí. Saddam Hussein no fue derrotado por resoluciones de la ONU, sino por la fuerza militar de otro poder hegemónico. Manuel Noriega cayó cuando dejó de ser funcional al poder estadounidense. Incluso en Europa del Este, los regímenes comunistas no colapsaron hasta que el poder soviético se replegó.
El problema es el costo. Cuando la caída o contención de un régimen autoritario depende de otro liderazgo igualmente autoritario, el resultado rara vez es una democracia sólida. Se sustituye una forma de dominación por otra, o se deja un vacío que termina siendo ocupado por nuevas élites sin legitimidad social. La población, como siempre, paga el precio.
Venezuela no fue “liberada” por Trump, ni estuvo cerca de serlo. Pero sí quedó claro que la presión real no provino de discursos bien intencionados ni de organismos internacionales debilitados, sino de un poder dispuesto a confrontar sin sutilezas. Eso debería preocuparnos más de lo que tranquilizarnos.
Si el mensaje implícito es que solo un autoritarismo puede frenar a otro, entonces la democracia está en serios problemas. Significa que las instituciones multilaterales han perdido eficacia, que el derecho internacional carece de dientes y que los valores democráticos ya no bastan por sí solos para contener al poder desbordado.
La lección es incómoda, pero necesaria: cuando las democracias renuncian a ejercer poder real, dejan el campo libre para que los dictadores, grandes o pequeños, decidan el destino de los pueblos. Y entonces, el mundo deja de debatirse entre libertad y autoritarismo, para convertirse simplemente en una disputa entre quién manda más.