

Jairo Mendoza.
Volvemos a nuestra dinámica habitual; a las discusiones, a la polarización en las redes sociales y a ver al vecino que votó por otro partido como si fuera el enemigo número uno.
La eliminación de México frente a Inglaterra dolió, claro que sí. Pero más allá del resultado en la cancha, lo que realmente pasa cuando la selección queda fuera del Mundial es que se nos acaba la tregua. Durante unos días, el país entero pareció ponerse en pausa. Se nos olvidaron por un rato las diferencias y esa costumbre que tenemos como mexicanos de confrontarnos por todo. Por un rato, nos pusimos la playera verde, gritamos los mismos goles y nos abrazamos con desconocidos como si fuéramos hermanos de toda la vida.
El problema es que ese encanto dura lo que dura el torneo. En cuanto el árbitro pita el final del último partido, la magia se esfuma, guardamos la playera en el clóset y nos estampamos de frente contra la realidad. Volvemos a nuestra dinámica habitual; a nuestro lugar de media tabla dentro del futbol mundial, a las discusiones, a la polarización en las redes sociales y a ver al vecino que votó por otro partido como si fuera el enemigo número uno.
Es una contradicción que da para pensar. ¿Cómo es posible que nos pongamos de acuerdo tan fácil para apoyar a once jugadores, pero nos cueste tanto trabajo hacer equipo para las cosas que de verdad importan en el país? Pareciera que nos fascina vivir divididos, etiquetando a la gente entre “buenos y malos”, sin entender que la realidad tiene muchos matices.
Al final del día, mientras nosotros nos desgastamos en peleas que no llevan a nada, la vida real sigue su curso fuera del estadio. A la inflación, a los altos precios de la canasta básica y a los problemas diarios en general no les importa de qué color es tu partido político ni cuánto ganas al mes; nos pegan a todos por igual. Las dificultades no respetan credenciales ni ideologías; cuando la economía aprieta o la tranquilidad falta, afecta tanto a la vecina que estira el gasto para alcanzar el fin de mes como al burócrata en su oficina.
Ningún gobierno, por más buenas intenciones que tenga, puede resolver los problemas de México por sí solo. Si somos capaces de brincar y llorar juntos por un gol efímero, también deberíamos ser capaces de sentarnos a platicar con el que piensa diferente para buscar soluciones comunes. El verdadero futuro del país no se juega en una cancha de fútbol; se decide en lo que hacemos todos los días del año cuando recordamos que, ganemos o perdamos en el deporte, compartimos el mismo suelo y el mismo destino.
@jairomendoza