

Jairo Mendoza.
Al declarar en pleno acto público que en Nicaragua ya no habrá elecciones porque la alternancia en el poder es “cosa del pasado”, el mandatario no cometió ningún error de micrófono.
Durante mucho tiempo, a las dictaduras les gustaba guardar las apariencias. Gastaban millones en organizar elecciones, manipulaban las listas de votantes y apretaban a las instituciones, todo para fingir ante el mundo que la gente realmente decidía algo en las urnas. Daniel Ortega, presidente (o, mejor dicho, dictador) de Nicaragua, en cambio, decidió, tirar la última máscara a la basura y hablar sin pena.
Al declarar en pleno acto público que en Nicaragua ya no habrá elecciones porque la alternancia en el poder es “cosa del pasado”, el mandatario no cometió ningún error de micrófono. Solo dijo en voz alta lo que en Nicaragua todos sabían, pero pocos se atrevían a decir, que el poder en su país ya no se compite, sino que se hereda y se cuida entre familia.
La jugada de haber nombrado a su esposa, Rosario Murillo, como copresidenta no hace más que confirmar que el Estado se convirtió en un negocio familiar de por vida. Resulta profundamente irónico, y hasta trágico, ver cómo el antiguo guerrillero que en sus años de juventud luchó con las armas para derrocar a la dinastía de los Somoza terminó construyendo su propia dictadura personal. El joven revolucionario que prometió libertad se convirtió, con el paso de las décadas, en el dueño absoluto de Nicaragua. Al mero estilo de “Rebelión en la granja” de Orwell
Adornar la decisión diciendo que Nicaragua estrena un “modelo político permanente” suena muy elegante para el gobierno, pero para el pueblo la realidad es otra; es decirle que ya no tiene derecho a cambiar de opinión ni de gobernantes. La democracia y el voto no son un lujo, ni un capricho; son la única herramienta civilizada que existe para evitar que un grupo de personas se adueñen de un país para siempre.
El problema ahora no es solo para el pueblo nicaragüense, que lleva años aguantando la represión, la censura y el exilio forzado de sus opositores, sino también para una comunidad internacional que ya no sabe qué carta diplomática mandar, ni qué sanción aplicar. Ortega les acaba de notificar que no le interesa negociar, quedar bien con nadie, ni fingir ser un líder democrático.
Nicaragua entra así en un callejón sin salida. Cuando un gobierno decide que ya no necesita el voto de la gente para mantenerse en la silla presidencial, solo le quedan dos formas de sostenerse: la fuerza de las armas y el miedo de la gente. Pero que no se confundan en los gobiernos autoritarios. Cancelar la democracia no es una demostración de poder, ni de éxito, es la prueba más clara que le tienen un profundo terror a lo que el pueblo pueda hacer el día de mañana que despierte.
@jairomendoza